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Silencioso y poco conversador, llegó a casa de sus hijas para matarlas y nadie sospechó nada

El martes en la tarde cuando Narciso Núñez Polanco, de 46 años, fue a la casa de sus hijas de 16 y 11 años, en el sector Los Jardines del Ozama, parecía tener clara su intención de envenenarlas.

El hombre, definido por quienes lo vieron ese día y por una ex compañera de trabajo como silencioso y poco sociable, llegó en horas de la tarde, teniendo en mano,  el veneno que utilizaría contra sus hijas, a modo de venganza hacia su exmujer, Edith Medina Valenzuela, de 36 años. 

Como había hecho antes, abrió la pequeña puerta de metal que da a las escaleras y subió. En el segundo nivel se topó con la puerta de metal que da paso a la casa de las niñas y de la vecina y pasó por ella sin problemas. Llegó a la galería, giró hacia la izquierda y ante él se abrió la puerta blanca que daba entrada a la casa de sus hijas.

Como en otras ocasiones, fueron sus hijas quienes le dejaron pasar. Entró y el tiempo pasó en silencio. 

La vecina del primer nivel no se alarmó cuando el hombre subió a la casa. Tampoco lo hizo Euris Peña, la vecina cuya casa colinda con la de las niñas. No era la primera vez que lo veían entrar; además, ya se había presentado como el padre de las menores. 

Pasaron las horas y, en vista de que no había luz, el hombre cruzó a la casa de doña Eduarda, que tiene inversor, para que le dejara licuar unas chinolas porque, según dijo, le haría un jugo a sus hijas. La señora accedió, desconociendo las verdaderas intenciones de Narciso.

Estando con Doña Eduarda, le preguntó si tenía el número del celular de su exmujer, Edith. En vista de que respondió que no, Narciso se lo suministró. Le dijo que lo anotara porque ese día tendría que llamarla. El hombre volvió a la casa de sus hijas.

Todavía sin luz, Euris, la vecina de las víctimas,  salió a la galería para dormir a su hijo. Sentada allí notó que Narciso salió de la casa de sus hijas una, dos, tres veces y la miró sin decir nada. Le resultó extraño, pero no se alarmó.

Poco tiempo después llegó la luz y Euris entró a la casa a dormir al niño. 

Dieron las 5 de la tarde y el hijo mayor de Euris llegó de la escuela. Entró corriendo a saludar a sus vecinas. La mujer, consciente de que no tenían mucha confianza con el padre de las niñas, sacó al muchacho de la casa de al lado y se lo llevó. Se entretuvo y no volvió a pensar en sus vecinas.

Media hora más tarde empezó el murmullo de los vecinos. Algo se quemaba en la casa. El humo salía por la ventana de atrás de la casa de las niñas. Había que entrar, pero todo estaba cerrado.

El temor porque el fuego incendiara la casa de Euris y las otras cercanas hizo que los vecinos llamaran a emergencias. 

En cuestiones de minutos se presentaron al lugar bomberos, ambulancias y agentes policiales para atender la emergencia. Pero se encontraron con algo completamente diferente a lo que suponían. 

Forzaron la puerta principal de la casa. Olía a gas, el tanque estaba abierto. Recorrieron la casa en busca del fuego y no vieron nada. Entonces se encontraron con otra puerta cerrada: la habitación de las niñas.

Al entrar al cuarto se supo de dónde venía el humo: el colchón de la cama se estaba incendiando. El televisor que había en la habitación había explotado.

Pero eso fue lo de menos. A un lado de la habitación, la adolescente de 16 años agonizaba y expulsaba una espuma blanca por la boca. Del otro lado el hombre golpeaba y trataba de ahorcar a la niña de 11 años. 

Vecinos y policías golpeaban al hombre para hacer que soltara a la niña mientras la adolescente era sacada por personal del 9-1-1.

Puñetazos y macanazos fueron necesarios para despegar del cuello de la niña las manos del hombre que se proponía matarla. ¿La razón? Se negó a tomar el jugo envenenado.

Llevadas a la emergencia del Hospital General de la Plaza de la Salud, donde trabaja su madre, Edith Medina Valenzuela, las niñas fueron ingresadas a la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos (UCIP).

La mayor entubada y con respiración asistida presentaba un cuadro delicado a causa del desconocimiento de la sustancia ingerida. La menor, con golpes en la cara y el cuello alterado perdió el conocimiento y debió permanecer en observación dentro de la UCIP al igual que su hermana.

El padre, debido a los golpes, fue llevado al Hospital Moscoso Puello donde fue estabilizado y, posteriormente, dado de alta antes del amanecer del miércoles.

Al salir del centro hospitalario fue puesto a disposición de las autoridades en el Destacamento del ensanche Felicidad del sector Los Mina. Y ayer, lo trasladaron a la fiscalía de la Charles de Gaulle.

Durante el interrogatorio, el hombre de 46 años dijo haber tomado la decisión de envenenar a las niñas y envenenarse él porque su exmujer le había mandado una foto de un hombre con el que pretendía tener una relación sentimental.

Es mediante entrevistas que vecinas del lugar narran lo ocurrido y coinciden en decir que no sabían que el hombre fuera peligroso.

Supuestamente, la madre de las niñas había vivido frente a la casa de la tragedia y hace un mes se mudó a la nueva residencia. Su trabajo le hacía ausentarse de la casa y era en esos ratos que el hombre visitaba.

De acuerdo a una vecina del primer nivel, Narciso se presentó con su marido diciendo ser el padre de las niñas. Euris, que compartía el segundo piso con las niñas, también sabía que era su padre. Él mismo se presentó como tal. Gladys y Carmen, que dicen haber conocido a la mamá de las niñas antes de que se casara, coinciden en que el matrimonio visitaba la iglesia cuando vivió alquilado en la casa de Doña Eduarda. Pero ninguna supo el porqué de la separación.


La noche de este jueves, el Juzgado de Atención Permanente de la provincia Santo Domingo dispuso un año de prisión preventiva, en el penal de La Victoria, como medida de coerción en contra del hombre por el intento de asesinato.


Las niñas, ya en habitaciones clínicas, presentan mejoría y reciben atenciones psicológicas.

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