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Meditación: Marcos 6, 1-6

San Blas o San Oscar

 “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra” (Marcos 6, 4)

 Fue Jesús el sábado a la sinagoga para enseñar.

Como lo hacía en otros lugares, anunció la buena nueva de que el Reino de Dios había llegado al mundo. Como era de esperar, los presentes se quedaron asombrados por su sabiduría y porque ya habían oído de los milagros que había realizado en otros lugares y de cómo había dominado fuerzas tan poderosas como el mar, los vientos tempestuosos, los demonios, la enfermedad y hasta la muerte misma.

 Pero ¿por qué no aceptaban su poder sanador los vecinos que lo habían conocido por tantos años? Hasta Jesús “estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente” (Marcos 6, 6). ¿Cuál era su dilema? ¿Por qué no podían aceptar que Dios actuara tan poderosamente a través de este vecino que todos conocían desde niño? La respuesta, al igual que en todos los otros casos, es la falta de arrepentimiento y la dureza del corazón.

 Los nazarenos se sintieron ofendidos en su orgullo y se negaron a admitir que necesitaban la
sanación que Cristo les ofrecía. Jesús se alegra cuando reconocemos que él es el Señor y que nosotros somos meros mortales pecadores.

 Él aceptó el castigo que merecíamos nosotros para poder tener parte en su propia vida y espera que cada uno de nosotros acepte esa vida de todo corazón. Es cierto que es posible vivir sin entregarse al Señor, pero ¿qué tipo de vida es esa? Vacía e inútil. ¿Por qué? Porque no llegamos a conocer al Amor que nos creó y que nos sostiene hasta este mismo día. Sin Cristo, permanecemos separados de la Vida que fue clavada en la cruz para librarnos de la esclavitud del reino de las tinieblas.

 Este pasaje de San Marcos nos desafía a ver si nuestra fe en el Señor es profunda o no. ¿Somos capaces de confiar en que Él actuará eficazmente en nuestra vida? Jesús nos invita a depositar toda nuestra fe en él.

 En la Escritura leemos que todos los que creyeron en su amor poderoso fueron sanados, librados y protegidos. Pidámosle nosotros también al Espíritu Santo que nos lleve a la verdad completa y nos conceda una fe firme. “Espíritu Santo, enséñanos a darnos cuenta de lo mucho que necesitamos creer confiadamente y esperar en el amor de Dios. Perdona, Señor, nuestra incredulidad. Por tu gracia, capacítanos para aceptar sin reservas la vida plena que Jesús ganó para nosotros.

 2 Samuel 24, 2. 9-17.  Salmo 32(31), 1-2. 5-7

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