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No es el trabajo lo que mata a la gente, sino la preocupación.


No es justo exigir a los hombres y mujeres de trabajo que rindan el mayor esfuerzo posible en beneficio del desarrollo nacional, si no se eliminan las causas de angustia cotidiana que desalientan el esfuerzo creador. Para que la voluntad pueda aplicarse al trabajo que se realiza, el corazón no debe estar oprimido por la inseguridad, el temor al futuro o la obsesionante preocupación de un salario insuficiente.

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